Yo vi la última pelea de Carlos Monzón hace 40 años

Hoy se cumplen 40 años. Monzón ya no era Monzón aunque volvía a subir al ring como único campeón mundial de los pesos Mediano. Su rival, el colombiano Rodrigo Valdez, tampoco era el mismo que aquel de un año atrás cuando resignara ante Monzón su corona reconocida por el Consejo Mundial del Boxeo. Una brutal rapsodia de fama, dinero y placer mundano les había erosionado la energía virginal del querer ser por una mueca que los impulsaba a pretender seguir siendo.

Evoco casi todo con aquello que la memoria ha querido conservar. La llegada de Susana Giménez al Estadio Louis II de Montecarlo fue tumultuosa. Y cuando Alain Delon –promotor del combate– fue a buscarla a la puerta para acompañarla hasta la silla 24 de la segunda fila, su paso glamoroso hizo que una gran parte del recinto se pusiera de pie. Luego, hasta su asiento llegaron para saludarla y complacer a los fotógrafos internacionales personalidades como Jean Paul BelmondoOmar SharifGerard Depardieu.

No habían resultado fáciles los días de convivencia previos al combate. Monzón nervioso y estresado como nunca se mostró agresivo y poco amigable con todos quienes le rodeábamos. Era como que la pelea le resultaba una enorme carga. No se sentía bien preparado y el doctor Roberto Paladino debió compensarlo emocionalmente hasta dos días antes del combate con fármacos que lo tranquilizaran.

Era su defensa numero 14. Llevaba 7 años de campeón mundial. Le faltaba una semana para cumplir 35 años. Estaba distanciado y por lo tanto no tendría en su rincón a  Tito Lectoure, quien se hallaba en la platea junto a su tía Ernestina. Monzón le había confiado sus negocios a José Cacho
Steinberg tras diez años de vinculo con el Luna Park. Su “padre” Amilcar Brusa acaso por primera vez en la vida deportiva de ambos mostraba ciertas reservas sobre el futuro deportivo. La relación con Susana había entrado en la agonía perturbadora de los celos y la mano derecha le dolía como nunca. O sea que todo cuanto precedía a este compromiso quedaba bajo el imperio de la exasperación.

Para colmo, antes de que subieran al ring un grupo de espectadores, la mayoría italianos, comenzaron a molestar a Susana Gimenez. Le gritaban y hasta le cantaban estribillos soeces. Alain Delon personalmente fue hasta el grupo y comenzó a arrojarles golpes de puño. Este incidente duró apenas unos instantes. Rápidamente, tres inmensos guardaespaldas de Delon llegaron corriendo hasta el lugar y los agresores comenzaron a caer y por lo tanto a callarse. Fue un mal momento para Susana y en su camarín Monzón lo supo de inmediato.

Un año antes –el 30 de junio de 1976– otro Monzón le ganaba a otro Valdez en el mismo escenario. Y entonces escribí para El Gráfico con el seudónimo de Robinson, entre otras cosas, éstos párrafos que nos ayudarán a entender mejor lo que fue hace 40 años la ultima pelea del mejor campeón mundial que tuvimos.

El titulo de aquella nota fue: “Se necesitó un Monzón tan grande para ganarle a un Valdez tan bueno”. Y decía: “En un momento las piernas parecían que se me encogían hasta reducirse totalmente. Mis brazos morían de muerte muscular. Sentí que la mirada se fijaba en un punto distante, abstracto y un sudor frío brotaba agresivamente hasta bañarse de alteración. Comprendí que no era el único testigo cuyas células parecían pulverizarse. A mi alrededor, enfrente y detrás, 10 mil personas
transitaban el mismo sendero resbaladizo, intrigante, brutalmente incierto. Monzón y Valdez sobre el ring del estadio Louis II daban una respuesta histórica a la carga expectante que el mundo deportivo –y aun más allá de él- les había confiado. Y aunque el episodio refleja un justo ganador, los tiempos futuros tendrían que poner de guardia a un soldado que se encargara de aclarar en cualquier punto de la geografia deportiva: “Sí, ganó Monzón, pero los dos fueron grandes aquella noche”Si el mañana convierte a esta pelea en una simple cita estadística, el mañana será injusto con la historia. Cuando dos grandes pelean, las sensaciones recorren el amplio espectro que va de la emoción al drama, del suspenso a la euforia y del placer a la histeria.

Todos sabíamos que Monzón llegaría al ring con mayor experiencia, más personalidad, ventaja en el alcance de brazos, dominio de la distancia y más solidez física. Todos sabíamos a su vez que el gran problema sería una pelea prolongada por la falta de aptitud atlética para el gran esfuerzo. A Monzón le faltaba fondo o aire para definirlo mejor. Esto constituía un elemento determinante: no podría acelerar el ritmo de pelea para administrar inteligentemente el oxígeno, ni podría prestarse al vértigo que supuestamente intentaría Valdez.

El esquema sobre el cual trabajaría el pupilo de Brusa tendería a una linea conservadora en los tres primeros asaltos y a un paulatino desarrollo ofensivo en los rounds siguientes, procurando la llegada de su directo de derecha.

Este objetivo –con ciertas alternativas– se cumplió hasta el séptimo round. En ese ciclo Monzón manejo la pelea bajo pautas bien conocidas y acaso mejor cumplidas que nunca

Con su izquierda en jab fabricó el espacio para su bombardeo de derecha en directo. Con el hombro izquierdo adelantado neutralizó la derecha voleada del colombiano. Echando el torso hacia atrás en el sector de las cuerdas –lamentablemente flojas– y quitando la cabeza del alcance de cualquier directo sin dejar de amarrarse en cada incursión al cuerpo por parte de Valdez, el campeón establecía el desequilibrio.

No le pegaban y a la vez el pegaba con cierta facilidad sobre todo el uno-dos. En la tercera vuelta consiguió llegar tres veces con esa combinación. La ultima derecha lo frenó a Valdez inflamándole el ojo izquierdo. Luego esa lesión se acentuaría hasta terminar con ese ojo cerrado

Para quien estuviera delante de un televisor, la óptica lo engañaría conceptualmente: la pelea le resultaría lenta, por momentos repetida y con la cuota de emoción supeditada exclusivamente a las expectativas. Con los ojos a dos metros del ring, en medio del clima tensionado del estadio, cada arranque de cualquiera de los dos llevaba aroma de nocaut. Los golpes reflejaban el impulso de una tremenda energía y sobre el ring se manejaba una lucha de objetivos a través de la cerebración. Monzón y Valdez fueron realizando la pelea como si estuvieran frente a un tablero de ajedrez. El colombiano aportó fórmulas cambiantes como corresponde a un campeón creativo e inteligente.

Monzón no se desesperó: busco el remate sin regalarse. Esta es la diferencia entre uno y otro: cuando se le acabó la fuerza, peleó con la cabeza…

La caída de Valdez fue en penúltimo round y no le dejó tiempo para nada. Sirvió para que Monzón consolidara hacia adentro y para que Valdez se deteriorara hacia afuera. Y, en el ultimo asalto, cuando todo el mundo creía que Carlos buscaría la definición, volvió a dar un ejemplo de inteligencia y madurez. Hizo lo que hacen los elegidos: puso distancia, no arriesgó, no se dejó tentar por la posibilidad de ganar por nocaut para no dar ventajas a ser tocado.

Es mas: el último round lo ganó Valdez porque era la única manera de evitar problemasPensar esto desde abajo resultaría fácil, pero saberlo allí en el ring, es sólo patrimonio de los grandes.

Después de la caída pensé que ya nada le faltaba al combate. Todo lo que se podía esperar de dos campeones había sido dado generosamente. Y ahora que los músculos están distendidos. Ahora que las piernas no tiemblan, ni el corazón se precipita bombenado el pecho, ni los brazos se resisten, ni el sudor baja por nervios, ni la saliva pesa. Ahora que todo ha pasado y la historia viene para darles su lugar hay que decir dos cosas: hacia falta un Monzón tan grande para ganarle a un Valdez tan bueno…

Al nuestro le quedaba la grandeza del ayer, y del hoy; a Valdez lo espera el mañana”.

Hoy, al evocar el segundo enfrentamiento del cual se cumplen 40 años puedo afirmar que la caída que le propinó Valdez a Monzón en la segunda vuelta, fue el despertar a su yo. Pues aunque la derecha apenas le hizo perder la estabilidad cuando se disputaba el 2° asalto, Carlos levantó rápidamente los brazos en señal de que no había perdido el conocimiento y que estaba bien.

Más que eso advirtió todo aquello que no había logrado incorporar en el período previo al combate. Por ejemplo que era el campeón, que no podía irse del boxeo con una derrota, que el país lo estaba siguiendo por televisión, que se trataba del último esfuerzo y que la historia le reservaba el inequívoco lugar que distingue a los grandes del resto. Todo aquello que hace 40 años se ponderaba como un valor empírico.

Monzón derribó a Valdez en el 14° asalto con un derechazo corto, recto y profundo. El colombiano ya arrastraba huellas de su inferioridad. Tenía cerrado el ojo derecho y sangraba de las fosas nasales. Peor aún, sus piernas habían perdido toda armonía para hallar desplazamientos dinámicos en derredor del campeón mundial, quien con su mano derecha fracturada sabía que con sólo mantenerse de pie se retiraría del boxeo siendo el campeón mundial de los medianos.

Por eso en la última vuelta se dedicó a no tomar riesgos. Era obvio que Valdez se jugaría a meterse en el cuerpo para proponerle tres minutos de pelea franca. Pero Monzón no lo permitió pues su mente no estaba tan exhausta como su cuerpo.

El fallo fue unánime e indiscutible. Monzón había demostrado ese plus de los grandes, esa dosis de coraje que aflora cuando ya pareciera que no hay nada más para dar, cuando hay que defender la costosa gloria conseguida, cuando se siente que lo que está en juego no es el dinero, es el honor

En medio de la confusión final y con el ring invadido, Monzon llamó a Lectoure con quien no se hablaba desde hacía un año y le dijo al oído: Tito, no peleo más, esta fue la última. Gracias por todo, Tito. Los dos hombres se abrazaron sobre el ring, más precisamente en la esquina de Monzón. Y otras gotas de rocío bajaron por las mejillas de ambos para mezclarse con las del sudor del ultimo esfuerzo.

Fuente: infobae.com

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