Emisarios del infierno: a 43 años de “Thrilla in Manila”

Apenas abría el mes de octubre de 1975 y el mundo ya estaba paralizado. El Coliseo Araneta de Filipinas cobijaba la colección de embates pasados de una trilogía bélica que llegaba a su final para coronarse, según expertos, como la más grande pelea que toda la historia del box haya presenciado jamás.

Luego de dos precuelas protagonizadas en 1971 (el “combate del siglo”) y 1974, un Muhammad Ali derrumbado en la lona, rodeado de seconds, médicos y promotores —Don King sintiéndose más grande de lo acostumbrado por su propia megalomanía—, había sin embargo puesto el punto final de ese ciclo con una victoria que rozó en la imposibilidad contra Joe Frazier, considerado uno de los mejores libra por libra de la década de los 70.

Insultos e increpaciones de los pesajes y días previos a la pelea pronto se transformaron en ráfagas imparables round con round entre ambos peleadores, y Ali, tan bueno como bocón, se enfrentaba contra todos sus demonios que entonces tenían el rostro de un Frazier decidido y voraz, deseoso por arrebatarle el título de campeón de los pesados a la veloz abeja vuelta hombre nacido con el nombre de Cassius Clay.

Los abucheos del inicio contra Ali no mermaron su calidad boxística, pero tampoco los aplausos en favor de su contrincante de Filadelfia convirtieron a éste en una especie de superhombre. Con la seguridad que el ego le había forjado, Ali estaba listo para ganar “danzando” como siempre lo había hecho, mas los latigazos lanzados por Frazier, desconocidos por Ali, se decantaron rápidamente en la frustración del de Kentucky, quien, además de golpear, decidió atacar verbalmente a su oponente en varios de los asaltos.

Combinaciones relampagueantes de ambos combatientes se sucedían mientras alrededor el público enloquecía y los flashes vertiginosos de los reporteros, como quimeras hechas de espejos, alimentaban no un ring de pelea, sino toda una ciudad que emitía sus transmisiones a todo el mundo para dejar constancia de la gloria de dos hombres inmortalizados por sus piernas y sus ganchos.

Las cabezas cimbradas en repetidas ocasiones de ambos contendientes sucumbieron al cansancio luego de 14 episodios que no volverían a verse después de más de 40 años, incluso en nuestros días; cambios de guardia, replanteos técnicos, un visible desgaste emocional y el rostro seriamente dañado de Frazier en la decimotercera vuelta luego de la golpiza que Ali le asestara en la mandíbula lanzara contra el público su protector bucal consagraron la fecha y sus nombres en los anales del boxeo de todos los tiempos.

El resto de la historia documentada de esta batalla también conocida como “The Thrilla Manila” es oro puro; el final de la contienda por demás inesperado, en que ambos peleadores ya sin fuerzas y al borde del colapso decidieron retirarse al mismo tiempo y no salir al último de los encuentros, catapultó como ganador a Muhammad Ali por cuestión de segundos, mismos que la esquina de Frazier se adelantó para decir que para el de Filadelfia el combate ahí había terminado, pese a que los puños hinchados y el rostro afectado de Ali gritaban de dolor al encontrarse en la misma situación.

Muhammad Ali lo diría mejor que nadie por haberlo vivido él mismo, que ese combate había sido lo más cerca que había estado de morir. Lo que no contemplaba era que, a veces, las mejores cosas de la vida provienen de la muerte o de su relación con ella, y que, como un emisario entre ambos planos de la existencia, esa abeja se había convertido de súbito, cual guerrero protegido por los dioses, en un colibrí recobrado de fuerzas tras su rápida y eterna temporada en el infierno.

Por Martin Eduardo Martinez | Milenio.com

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