Mazazo Melo, ¿quién era el ex boxeador que murió atragantado con una medialuna?

Tenía dos armas de destrucción: la derecha y la izquierda. Por eso, a Mario Melo, lo apodaron Mazazo. Y fue mucho antes de que se convirtiera en campeón argentino y sudamericano entre los semipesados y pesados en los 80 y 90. Cara de buen tipo, hacía que se había instalado en Ostende, donde había logrado abrir un pequeño gimnasio. Ahí, recordaba sus días de gloria arriba del ring, hacía nuevos amigos y se prendía, con una sonrisa, en toda movida que le propusieran.

Fanático de las motos y de su amado River Plate, también hablaba de sus inicios. Contaba el día en que se fue de su casa, cuando tenía apenas 9 años. “No tenía el cariño de mi papá ni de mi mamá”, aseguraba con un dejo de tristeza. El boxeo y el ojo de uno de los promotores del momento lo fueron forjando como hombre. Y como un tremendo noqueador. Un dato: 17 de sus 21 victorias fueron por esa vía. Y su tarjeta se completaba con nueve empates y una derrota. Su táctica era peligrosa pero efectiva. “Me dejaba pegar dos o tres piñas y ahí sí, yo metía una mano y se acababa la pelea”, contó alguna vez.

La única vez que no la usó fue en 1997, cuando ya estaba de vuelta y le propusieron pelear frente a un boxeador joven, en ascenso y con muchísima repercusión: Fabio La Mole Moli. Mazazo Melo denunció que lo habían querido comprar. “Me ofrecieron una plata aparte de la bolsa para que perdiera, me dijeron que me tenía que tirar en el quinto round”, gritó a quien quisiera escucharlo. La pelea se llevó a cabo el 21 de noviembre del 97, en el hoy estadio Mario Alberto Kempes. Mazazo no se tiró, pero igual perdió por puntos.

Peleó en buena parte de la Argentina y también en el exterior. En Estados Unidos, por ejemplo, se enfrentó a Michael Moorer, por el título mundial de los semipesados. Había bajado 19 kilos para dar el peso y sus manos perdieron fuerza. “Le pegaba y rebotaba. Me asusté”, contó.

El retiro lo encontró, para usar una figura acorde a su vida, en la lona. Había perdido los contactos, el nombre, la plata que había ganado. Encontró refugio en una humilde casilla de la Villa La Jabonera, ubicada en La Tablada. La vida no era fácil. Y la droga se le cruzó en el camino. Fueron años y años de lucharla para salir. “Quería dejar de drogarme, pero no podía. Cuando conocí la droga, conocí el diablo. Yo estuve cara a cara con el diablo, lo juro. Una cosa es contarlo. Y otra cosa es vivirlo. Una noche me apareció el diablo. Capaz que hay gente que no me va a creer. Pero se me explotaron las luces de mi casa. Y tuve que rápido salir afuera. Veía cosas feas…”, describió en una entrevista con Página12.

Con la ayuda de su hermana, consiguió una oportunidad para cambiar otra vez. Estuvo internado un año en una quinta en José C. Paz. Ahí sanó, se curó. Y tomó una decisión que le daría un nuevo impulso: se mudó a Ostende y comenzó a dar clases de boxeo. Tranquilo, sin esforzarse por una diabetes que se le despertó de una manera increíble. “Una semana después de la tragedia de Cromañón, andaba con los pibes en el barrio re bien vestido: sandalias, pantalón de vestir, camisa. Pero no pude con mi genio: vi que le estaban pegando a un chico y salté a defenderlo. Recibí dos tiros. Y un cuchillazo por la espalda. Casi me muero. En el Hospital, me abrieron al medio, como si fuera una cesárea. Me sacaron la sangre coagulada de los golpes y las patadas que había recibido. Ahí fue que se me despertó la diabetes”, relataba a quien le preguntaba.

Convencido de que lo mejor que tenía eran sus puños, Melo siempre se dedicó a él mismo. Pero en febrero del año pasado conoció a su hijo.Fue tal su alegría que la compartió en su página de Facebook, donde iba contando casi su día a día. Y donde por estas horas son muchos los que, enterados de su absurda muerte, lo despiden.

Por clarin.com

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