La increíble historia de la nena que se carteaba con Monzón

Por Marisa Pontieri | TyC Sports

uántas facetas pueden convivir dentro de un ser humano? ¿Es posible para un asesino, un femicida, sacar de sí un costado sinceramente valioso, capaz de transformar para bien la realidad de una niña inocente?

Julieta Gómez Martí nos recibe en su estudio. Su presente, como abogada, profesora y árbitra de boxeo, es en buena parte producto de una historia que, según cuenta, le despertó grandes motivaciones para lo que luego sería su vida.

Ella fue la niña a la que Carlos Monzón le escribió, desde la cárcel y sin conocerla personalmente, cincuenta cartas entre 1989 y 1994.

Julieta nos introduce así en su particular relato sobre su pasión por el boxeo y cómo comenzó su amistad con Monzón hacia fines de los ’80, cuando el excampeón mediano ya llevaba más de 10 años retirado de la actividad: “El boxeo vino de mi papá, de estar con él siendo muy chiquita yendo a ver una pelea al Luna Park o en mi casa viendo algún evento boxístico. Cuando pasó lo de Monzón ya me gustaba cómo era él como boxeador, por todo lo que me había contado mi papá”.

“Lo de Monzón”, el femicidio de su esposa Alicia Muñiz, ocurrió el 14 de febrero de un 1988 muy alejado de nuestros tiempos, no solamente porque entonces nadie hubiese festejado el Día de los Enamorados –la masificación argentina de la celebración europea y norteamericana llegaría mucho después-, sino porque se dio en medio de una sociedad diferente, con valores e ideas diametralmente contrapuestos a los actuales. A pocos les sorprendió entonces la primera plana con el cuerpo de la víctima semidesnudo en plena escena del crimen, con un título tan inocuo como posesivo: “La muerte de la mujer de Monzón”.

“Esa tapa de Gente a mí me re shockeó siendo muy pibita, tenía 12 años. Hay que ver qué pasaba en ese 1988, con la mujer, con la familia, con la ley, con la política. Hay muchos condimentos que dan como resultado el caso Monzón. Busqué en la guía dónde quedaba la cárcel, o en el 113, no sé… No había Google, no había buscadores… Le dije a mi viejo, seguramente con una cara de nena tremenda, ‘papá, por favor, voy a escribirle a Carlos Monzón’. ‘Hacelo, está todo bien’, me dijo… Y vino esa primera carta”, rememora Julieta, para luego explicar por qué, para ella y muchos, el santafesino representaba un personaje tan magnético: “Me causaba mucha admiración todo lo que pasaba alrededor de él, no solamente la parte boxística, sino que salió con una de las mujeres más lindas de la Argentina, con Susana Giménez, todo el glamour, creo que fue uno de los pocos boxeadores argentinos que llegó a rozarse con todo el jet set europeo. El origen que tiene: vino de una provincia, de una situación económica baja”.

La primera carta de Monzón llegaría otro día cargado de significado: el de la Mujer, aunque también en un tiempo en el que se le daba mucha menor trascendencia. “La respuesta de él llegó el 8 de marzo de 1989. Yo ya estaba cumpliendo los 13 años. Él esperaba el juicio, decía que tranquilo porque sabía que era inocente. Que me agradecía mucho que le escribiera, porque las cartas lo hacían sentir acompañado.Tenía muy en claro esta polarización de la sociedad que se creó luego de lo que pasó con Alicia, entre el campeón y el culpable. Yo viví con naturalidad su amistad, no era que hablábamos como ahora de Monzón. Le contaba lo que hacía y él me respondía en virtud de lo que yo le preguntaba y le proponía. Este ejercicio lo hice ahora que surgió lo de las cartas, por ahí si no ni me acordaba quién era esa Julieta”.

La increíble historia de la nena que se carteaba con Monzón

En los primeros escritos, siempre con iniciales en el remitente del sobre, al exboxeador se lo nota incómodo con su exposición en la opinión pública, como intentando limpiar su imagen ante los ojos infantiles de Julieta. “Paradójicamente, yo años después termino haciendo mi tesis para Ciencias Políticas sobre la influencia de la opinión pública en los fallos judiciales y le mandé el trabajo, yo mis trabajos se los mandaba, hice una copia para él. Ahí tenía 19 años, estaba cursando segundo año de abogacía”, repasa.

Así, con el correr de la tinta, la amistad con Monzón fue creciendo, tanto que cuando en el colegio de Julieta se enteraron de su existencia, se desataron problemas con algunos compañeros y autoridades: cartearse con un exboxeador preso por asesinato sonaba incomprensible. También, a la niña se le iba despertando su vocación por el boxeo, pero para practicarlo. “En ese momento no había mujeres boxeadoras y yo tenía 15 años, iba un club y te decían que no. Estoy casi segura de que si no fuera por eso hubiese sido boxeadora”. Pero, sorpresivamente, esos planes no le agradaban al excampeón: “Carlos me decía que no, que estudie”.

¿Monzón no querría que su pequeña amiga fuera boxeadora por una cuestión de género o por la carga negativa de su propia historia? “Yo no creo que Carlos me haya dicho ‘no, no seas boxeadora’, lo que sí me dijo, porque yo venía amagando con abogacía bastante, es ‘ese título no te lo van a quitar nunca’. Eso se repite en muchas cartas”.

La increíble historia de la nena que se carteaba con Monzón

Los temas que tocan los escritos resultan de lo más variados: “Él me hablaba más de su cotidianeidad, quizás las primeras cartas estaban más enfocadas por el tiempo también, en el juicio, en su hijo, en la opinión pública. Ya después cuando hubo condena, era más el día a día. Yo le contaba que hacía castings para películas, él me decía que no, que estudiara, y ya después me recibí, le mandé fotos mías recibiéndome, entrando a la universidad”.

La increíble historia de la nena que se carteaba con Monzón
Cada hito o anécdota relevante en su vida se convertía para Julieta en un puñado de líneas para su amigo: “Nosotros no teníamos casa propia, mi viejo pudo comprar un departamento re chiquito y yo le contaba que lo estábamos construyendo, él me decía que le había pasado lo mismo con su casa, que la construyó, que lo mejor que hay es tener el techo propio, que lo mejor que pudo haber hecho mi viejo era eso”.
La increíble historia de la nena que se carteaba con Monzón

Hoy, Julieta recuerda también con el cariño con el que se refería Monzón a su hijo Maximiliano, el que tuvo con Alicia y que dormía en la misma casa la noche del femicidio. Y el que, criado por sus abuelos maternos, nunca volvería a ver. Esa doble cara del personaje sobrevuela permanentemente la charla, como si fuera imposible no indignarse con la atrocidad de su crimen y, de a momentos, no sentir compasión con partes de su historia. ¿Era plenamente consciente Monzón de lo que había hecho? ¿Se justificaba o directamente se lo negaba?

Julieta intenta acercarse a comprenderlo desde el contexto: “Un alumno mío le dijo a otro, de 16 años: ‘Imaginate si pasa esto con un ídolo actual’. Obviamente que sería repugnante porque hay un consenso general en repudiar este tipo de hechos. En ese momento, la violencia de género y la intrafamiliar no se verbalizaba, no se denunciaba, no estaba tipificada en el ordenamiento jurídico. Si vos veías a una mujer con el ojo en compota, se decía ‘bueno, algo habrá hecho para que la fajen’, o ‘¿qué hiciste vos para que te fajen?’”.

“Por ahí cuando soy más grande sí me va hablando de otra manera respecto a los hechos, pero era algo que él quería dejar atrás, quería salir y reiniciar su vida. Él decía que fue un accidente. Visto con los ojos de hoy todo cambia de color y no podés pensar así porque no fue el único hecho. Alicia había denunciado muchas veces lesiones. Él nunca me dijo ‘sí, fui culpable, sí, la maté’, ni cómo la mató, porque nunca se supo bien el mecanismo, excepto por el fallo que es tajante”, analiza Julieta, y agrega: “Penalmente, si yo voy con el auto, me quedo sin frenos y te atropello, no fue un accidente. Hay un deber de diligencia, yo tengo que constatar que los frenos funcionen, porque estoy manejando algo que puede causar un daño. Él manejaba sus puños, tenía técnica para poderte aplicar un golpe de una manera certera y que pudiera causar determinado daño. Pero ese razonamiento por ahí no se le pasó por la cabeza, no lo tuvo en cuenta, se naturalizó la violencia dentro de ese núcleo familiar y el estallido es el femicidio”.

¿Cómo habría sido hoy ese juicio, que en su momento terminó con una pena de 11 años de prisión? “Las cosas hoy hubieran sido diametralmente distintas, Monzón hubiera sido un femicida, probablemente con una condena a perpetua, estaría instaurado el juicio por jurados en más localidades y hubiese habido un compromiso mayor de la ciudadanía para que tuviera una pena máxima… O por ahí no… Creo que nos falta mucho como ciudadanos, y hay que empezarlo a gestar desde chicos. Tienen que ver todos los temas de educación relacionados con la violencia intrafamiliar y de género, hay que instaurar la educación sexual integral en todas las escuelas, que haya respeto por el cuerpo propio y el del otro, saber cuál es el límite, criarlos con libertad pero dentro de ciertos parámetros. Siempre les digo a mis alumnos, ese femicida u homicida fue criado por alguien. Entonces, ¿qué valores le transmitieron a ese chico?”.

Así, más allá de proclamar su inocencia, Monzón nunca ahondó en los detalles en las que la basaba. “La relación que yo tenía con él era la de dos amigos, dos primos que no se ven… La carta antes tenía todo un simbolismo que ahora con la inmediatez de la información se fue diluyendo. Yo esperaba obviamente esas cartas, no sé él, ni tampoco lo voy a saber nunca. Él tuvo algún tipo de exposición pública mientras estuvo detenido, entonces yo pensaba qué iba a decir, a ver si coincidía con lo que me decía, miraba atrás a ver si estaba el osito que le había mandado”, describe su inocencia Julieta, y remarca ante el hecho de que las cartas le llegaban primero de puño y letra, para luego convertirse en mecanografiadas: “No sé si las escribía él, o había gente que estaba con él que las escribía, y él las firmaba”.

La increíble historia de la nena que se carteaba con Monzón

En los últimos escritos, se vislumbra un Monzón más próximo a la libertad definitiva, y con salidas transitorias para trabajar en un gimnasio de UPCN. En esos momentos surgió la posibilidad concreta de que se diera una comunicación telefónica entre ambos. “Yo le mandaba fotos de las pizzas que hacía mi viejo. En las últimas cartas ya estábamos hablando de juntarnos, de que viniera a casa a comer pizza, de ver alguna pelea. Él me pedía que lo llamara por teléfono, pero yo cuando estaba en la Universidad ya trabajaba, estudiaba, y cuando volvía a mi casa no tenía más ganas de hacer absolutamente nada. Viste cuando decís ¿cuándo lo hago? Y luego vino el final de él…”

El final fue el accidente del 8 de enero de 1995: “Yo estaba veraneando con mi mamá. Me acuerdo que tuve pesadillas toda la noche. Muchas pesadillas, soñaba con tenedores como que me punzaban, ese dolor físico sentía. Estaba entre esa pesadilla y la realidad y mi mamá que me despierta diciéndome ‘murió Monzón, murió Monzón’”.

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Hoy se impone descubrir cómo no replicar errores en las nuevas generaciones, particularmente de deportistas. “La mujer sufre y sufrió muchísimo para incorporarla como atleta, como autoridad y ni que hablar como dirigente, y más en el boxeo. Eso impacta en la actividad y en la bajada de línea”, dice Julieta desde su experiencia y su formación. “Un deportista llega a determinada elite y hay que ver si tuvo la contención psicológica para afrontar la exposición que te acarrea ser un campeón del mundo. Probablemente hoy esté más masticado el tema de la incorporación de la interdisciplina al deporte, por ahí en esa época no”, amplía, y se ilusiona: “Yo soy re optimista, lo veo en mi persona. De ir a un campeonato en el que me bulleaban mis compañeros y las autoridades a que ese mismo compañero me diga ‘perdoname por lo que te hice’, años después”.

“Focalizo, al igual que Carlos lo hacía conmigo, el tema de la educación. Cuando tenés educación -académica, de la vida, de la experiencia- tenés herramientas, y mientras más herramientas tengas vas a poder trabajar y, en analogía, vivir. Y probablemente Carlos –lo estoy diciendo ahora, nunca se me había ocurrido- fue reflexionando lo que fue pasando, y también evolucionando, el tema es que no le dio la vida para poder verlo”, lamenta Julieta, más allá de reconocer la enorme dificultad de recuperar a una persona violenta: “Así como a las víctimas las asiste el derecho de tener un abogado y una contención psicológica, el denunciado también debe tenerla, porque la norma lo único que hace es poner a resguardo a la víctima y alejar al que es peligroso, pero eso es una curita en una hemorragia. La idea es poder contenerlos en grupos a través de la interdisciplina, contar un poco la historia y que esa contención se desarrolle en el tiempo. Cuando trabajo con un hombre violento, lo primero que le digo es ‘involucrate seriamente en una terapia’. Tengo casos en donde esas personas están haciendo -aparentemente y de acuerdo a lo que me cuentan- una vida sin reiteración de los episodios. Pero es muy difícil, porque tiene que haber un compromiso muy grande en sanar tu historia”.

Enseguida, imagina un reencuentro actual con Monzón y, por primera vez, se conmueve hasta las lágrimas: “Sería muy emotivo. Me emociona mucho hablar de Carlos, pensar en la nena que fui, en la construcción paralela que tuvimos y la maduración que tuvo la sociedad de pasar de una tapa de Gente de una Alicia Muñiz desnuda y muerta a una sentencia por el femicidio de Ángeles Rawson”. Y agradece lo que rescata de esa historia. “La ternura, era muy tierno conmigo en las cartas. Me mandaba a veces poemitas chiquitos… Esas cosas de mimo, el saber que por ahí contribuí a una noche que no se sentía muy bien. Recibir una carta de alguien muy chiquito, fresco, es como una caricia… Y también ver el paralelo de mi vida, la vocación, el sentirme acompañada en momentos en que estaba dando un final, y era sobre un tema de género… Siempre estuvo presente Carlos en mi vida”, cierra la charla con nostalgia.

De algún modo, Julieta siguió el camino marcado por sus padres y el mismo Monzón. No pudo boxear profesionalmente pero se mantiene en acción en su amado deporte, impulsa cambios de paradigma en cuestiones de género y logró ese título que nadie podrá quitarle: coronando la sala y flanqueado por una biblioteca llena, resalta un enorme diploma enmarcado, el de la Facultad de Derecho de la UCA. Son sus granos de arena para seguir trabajando en que las tragedias no se repitan.

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