La lección del Puma Martínez

Por Carlos Irusta – ESPN

Cuenta la historia que cuando Carlos Monzón viajó rumbo a Italia para combatir con Nino Benvenuti, fueron muy pocas personas las que lo despidieron en el aeropuerto. Y que cuando alguien se lo hizo notar, su respuesta fue breve y directa, o sea a lo Monzón: “Mejor, porque asi puedo abrazarlos a todos”, dijo.

No sabemos cuántos fueron a despedirlo a Fernando Daniel Martínez, pero el ejemplo de Monzón vale para comparar dos casos de protagonistas que salieron rumbo a la aventura sin ser los favoritos. Nino Benvenuti había sido campeón olímpico en los Juegos de Roma y era una de las grandes figuras del boxeo internacional cuando accedió a darle la chance a Carlos Monzón. En realidad accedió gracias a la tremenda presión que ejerció Juan Carlos Lectoure para hacer valer el puesto de retador oficial que tenía el santafesino.

Y también es cierto que, para los que manejaban a Nino, Monzón aparecía como un rival “fácil” que hasta ese momento no había tenido grandes rivales (salvo Jorge Fernández, que había realizado muy buena campaña en los Estados Unidos).

Sin embargo, cuando llegó el momento, tal cual ocurrió con Martínez, nadie del equipo pensó en la derrota. Viajaron para pelear y ganar. Y así les fue. Jerwin Ancajas, conocido como “Pretty Boy”, con 9 defensas exitosas y una sola derrota en 34 peleas, estaba preparándose para unificar su corona supermosca IBF con el campeón WBO Kazuto Ioka (28-2-0, 15). El combate se cayó.

Y entonces, un poco al estilo de “Rocky”, cuando a Apollo Creed le mencionan a “un tal Rocky Balboa”, surgió el nombre de Fernando Martínez como una defensa optativa. Habrán dicho algo como “Tiene 30 años como tú, pero apenas 13 peleas y aunque las ganó todas, solamente noqueó en 8 y además es un peleador, así que va a venir a tu juego”.

Seguramente Ancajas sintió que la elección era aceptable para él. Lo cierto es que, tras la pelea, entre lágrimas, el Puma Martínez recordó a la memoria de su padre que ya no está, habló de la promesa de regalarle una casa a su mamá, habló de su mujer, de su hija, y agradeció todo lo que estaba viviendo. Y que a su lado, con toda humildad, Ancajas lo felicitó y le pidió una revancha.

Y por ahí pasa el ejemplo de Martínez. Pocos confiaban en Monzón cuando viajó para enfrentar a Benvenuti, de la misma manera que cuando Juan Martín Coggi fue a pelear con Patrizio Oliva (también campeón olímpico como Nino y figura de gran prestigio en Italia) la empresa parecía ser muy difícil. Carlos Baldomir no parecía tener grandes chances cuando enfrentó a Zab Judah en el Madison. Y los tres –santafesinos todos ellos- volvieron victoriosos. Esto es boxeo. Y no hay rivales pequeños. Y las peleas no se ganan hasta que se ganan. Frases y conceptos comunes, pero válidos.

El sábado 26 de febrero ha quedado ya en la historia del boxeo argentino como un símbolo más del trabajo, del esfuerzo, de la dedicación y, sobre todo, de la gran confianza en sí mismo. Ancajas venía con 9 defensas exitosas. Un peleador áspero, de pegada demoledora, con una gran capacidad de trabajo al cuerpo. Era el gran favorito para la victoria. Si llegó a relajarse pensando que tenía una pelea sencilla, no lo sabremos nunca, porque tampoco Fernandito lo dejó. Y ahí se fueron a Las Vegas, con su técnico Rodrigo Calabrese, Martín Gómez “Pileta” Maidana, el doctor Walter Quintero y con un símbolo indiscutido del boxeo argentino ganador de los últimos años: Marcos “Chino” Maidana.

El ahora titular de su propia empresa promotora de boxeo, ha puesto varios shows en la pantalla de ESPN KNOCKOUT, incluyendo la pelea del sábado 26, en la que Fernando Martínez le ganó a Jerwin Ancajas ampliamente por puntos con los relatos de Renato Bermúdez, los comentarios de Salvador Chava Rodríguez y la tarjeta de este periodista.

Partió en silencio, amparado tres grandes herramientas: humildad, gran contracción al trabajo y por sobre todas las cosas, espíritu ganador. Así asumió la pelea, desde el minuto cero: salió a ser protagonista, no acompañante, como en su momento Jeremias Ponce ante el alemán Rico Mueller cuando ganó su campeonato mundial IBO. O como Brian Castaño frente a Jermell Charlo (peleas también transmitidas por ESPN KNOCKOUT). O como Jesús Cuellar, cuyo lema era: “Cuando toca la campana salgo a pelear como retador y no como campeón, salgo a ganar sea como sea”. Esa actitud es la que distingue a los campeones.

Cuando Marcos Maidana subió al ring de San Antonio para enfrentar a Adrien Broner, no era el favorito. Y su accionar fue, apenas empezó la pelea, tirar golpes envenenados, para decirle al rival: “Cuidado que aquí estoy yo”. ¿Qué otra cosa decir, entonces, de su primer enfrentamiento con Floyd Mayweather?

Martínez viene de una familia humilde. Anduvo en las calles bravas del barrio de La Boca. Supo conocer más de un laberinto y salió de la trampa. A los once años se metió en un gimnasio. Se quedaba con su padre, don Abel, viendo las peleas de Mike Tyson, soñando que un día iba viajar a Las Vegas y no para pasear, sino para ser campeón mundial.

“Recuerdo que iba de guardapolvo blanco al gimnasio del Club Unidos de Pompeya y mi papá y también Darío “El Colorado” Fernández le iban dando clases de boxeo”, recuerda Daniel González, del equipo olímpico de boxeo de Argentina. “Iba a un colegio de la zona y ya empezaba a tirar golpes, siempre muy educado, siempre muy atento, lo queríamos todos”, recuerda el hijo de “Cacharro” González, emblemático boxeador de uno de los más populares clubes del boxeo de Buenos Aires.

Así, Martínez fue creciendo con la Selección Nacional, luego pasó al boxeo de AIBA y recorrió el mundo, juntando experiencia. “Soñar con algo es hermoso, pero luego el sueño se tiene que hacer realidad y es entonces cuando hay que trabajar para lograrlo”, nos decía café de por medio Sergio Maravilla Martínez hace unas semanas.

Pues bien, aquí está el ejemplo de los Marcos Maidana, o Jeremías Ponce o Brian Castaño de hoy o el de los Carlos Monzón, Horacio Accavallo, Sergio Víctor Palma o Santos Benigno Laciar, para nombrar a algunos del ayer. Trabajo, constancia y humildad. Y, se entiende, actitud ganadora.

El Puma rugió fuerte en Las Vegas. Y si bien dio una lección de boxeo, ganándole ampliamente a un gran campeón, dejó todavía una enseñanza mayor cuando todo hubo terminado. Nada se logra sin esfuerzo y el Puma, con toda la humildad del mundo, dejó esa lección ante las cámaras. Con la sonrisa por la victoria y las lágrimas de hombre agradecido a la vida.

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