(VIDEO) Hace cuatro décadas se consagraba Hugo Pastor Corro

Por Roberto Suarez | jornadaonline.com

Un 5 de noviembre de 1953 nacía en mi pueblo, La Consulta, San Carlos, en una casa de la zona de FurlottiHugo Pastor Corro. Hijo de Raimundo y nieto del bravo Pastor Corro, uno de los punteros más importantes que tuvo el Partido Demócrata en la época del fraude, allí en San Carlos. Después la familia se fue a vivir a Tunuyán, ciudad donde Hugo hizo gran parte de su carrera, apoyado por Tamer Gagua, que promocionaba las peleas en esa zona.
Pero se formó pugilísticamente en el gimnasio Luis Ángel Firpo y bajo las enseñanzas de un gran maestro como fue Diego Corrientes, primero en la calle Federico Moreno y luego en la mítica esquina de Salta y Corrientes. A Hugo, lo siguieron en la dura profesión de los guantes, su hermano Carlos (un excelente púgil que debió abandonar por un problema en la vista). Osvaldo, el menor, que con una depurada técnica llegó a ser campeón Argentino y Sudamericano, y luego un gran técnico.
Y hoy también anda por los ring el duende de los Corro. Es que el nieto de Hugo, Facundo ya debutó a los 16 años como boxeador aficionado en el Pascual Pérez venciendo por puntos y en fallo unánime al sanrafaelino José Torres. Además, fue elegido como mejor boxeador de los Guantes de Oro 2012.

Pero volviendo al más grande de los Corro, debemos decir que comenzó como rentado el 30 de agosto de 1973, noqueando técnicamente en seis rounds a Gustavo Dieff, en Tunuyán, y disputó su última pelea el 17 de febrero de 1989, cuando perdió por nocaut en cuatro rounds con Hugo Corti, en Mar del Plata.

Fue campeón argentino mediano, al noquear en tres asaltos a Julio Medina, el 10 de diciembre de 1976, en Mendoza, y también sudamericano de la categoría, al ganarle por puntos al peruano Marcelo Quiñones, el 9 de mayo de 1977, en Lima. Esta pelea fue toda una historia, para él y para mí. Con Hugo, más allá de conocernos las familias por el pasado en el mismo terruño, nos acercamos para lograr amistad, a la par que él hacía su carrera y yo la mía en el periodismo (igual me pasaba con Mario Ortiz). Ese año de la búsqueda del título sudamericano, falleció Raimundo, el papá de Hugo. Me tocó acompañarlo en medio de la tristeza y la pobreza de una familia que vivía con lo mínimo y en la desigual lucha cotidiana de los pobres para sobrevivir.

Hugo quedó muy mal, pero debía seguir entrenando, quería un futuro mejor para todos los suyos. Su gran conductor y manager, don Diego Corrientes, luchó hasta que logró la pelea por el título sudamericano en Lima. Había que ir a Perú, la tierra del campeón Marcelo Quiñones, que era un excelente mediano, en plena carrera hacia el título mundial, de gran físico, buen boxeo y dura pegada. El que ganara se llevaba la chance de pelear con Valdez, por el título mundial que había dejado vacante el gran Carlos Monzón en su retiro.

Muchos no creían en Hugo. Yo mismo, le hablé a Tito Lectoure para que lo apoyara acompañándolo a Perú. El promotor no pudo hacerlo, algunos pensaron que era porque no creía en él, pero luego con los años, Tito nos confesó a un par de amigos que, para él, Corro había sido el boxeador más completo que vio. Para aquella pelea de Lima, junto a Augusto Peterle y la gente de Producciones Cuatro, en radio Nihuil salimos a buscar anunciantes para transmitir la pelea. Me acuerdo que tenía que sacar el pasaporte, hablé con José María Muñoz (en ese tiempo yo solía colaborar con él como corresponsal en Mendoza de Radio Rivadavia, junto al recordado Antonio Bibiloni), y el gordo me consiguió un contacto para sacar el documento que me permitiera viajar. Eran épocas difíciles de la dictadura. Tuve que cortarme la barba para la foto de ese documento. Lo conseguí el viernes antes de la pelea, que era el lunes. Viajé solo en micro hasta Santiago. El tránsito estaba limitado en el cruce de Las Cuevas por la nieve, y terminé llegando a Santiago en un auto que se animó a pasar, para así poder arribar al aeropuerto y tomar el vuelo a Lima.

La otra parte de la historia fue más alegre. Estaba lleno el estadio nacional de Lima, como cuando juega la selección de fútbol de ese país. Quiñones era un verdadero ídolo local. Los organizadores me otorgaron un puesto de transmisión en la segunda fila del ring side. Pero eso no importaba, la transmisión había que hacerla sí o sí. En los estudios de Nihuil estaban Cacho Cortez y Santos Humberto Giunta. Hacíamos un ida y vuelta que salía magnífico. Fue la primera transmisión radial que se realizaba en Mendoza de una pelea de un púgil local en el extranjero. Y Hugo ganó brillantemente por puntos el título, con todo en contra. Cuando pude llegar al ring y ponerlo en el aire para la radio fue muy emotivo, se puso a llorar desconsolado por no tener a su padre vivo en un momento tan trascendental. Aún guardo la grabación de esa transmisión histórica.

Luego vino lo más grande en su vida: ser el verdadero heredero del gran Carlos Monzón, que había abandonado el título un año antes. Obtuvo la corona mediano el 22 de abril de 1978, cuando le ganó los títulos unificados AMB y CMB al colombiano Rodrigo Valdés, a quien venció por puntos en San Remo. “Con inteligencia, vigor y coraje, con cerebro de ajedrecista y corazón de león”, escribió Cherquis Bialo en El Gráfico como título de la conquista. Nos tuvimos que conformar con el relato de Osvaldo Cafarelli, porque no se pudo televisar la pelea para la Argentina. Esa noche triunfal lo acompañaban en San Remo Carlos Reutemann y Víctor Galíndez, quienes festejaron con una enorme alegría el gran triunfo de “Itaka” (así lo había bautizado, por las descargas de su mano derecha, Román Walker Godoy, uno de los mejores comentaristas de boxeo que tuvo Mendoza).

La provincia fue una fiesta, en el barrio Infanta, frente a su casa, en Tunuyán, en Guaymallén; en toda la provincia el pueblo festejaba un nuevo título para el país que le otorgaba esta tierra de campeones. Fue un regreso triunfal y rodeado por una multitud paseando por las calles del Gran Mendoza.

Combatió en tres ocasiones como campeón: le ganó por puntos al norteamericano Ronnie Harris, el 5 de agosto de 1978, y al mismo Valdés, el 11 de noviembre del mismo año, ambas en el Luna Park y defendiendo la corona. Antes, el 6 de octubre de ese año le ganó por puntos al estadounidense Willie Warren, en el estadio de Andes Talleres, sin poner en juego la corona.

La pelea con Ronnie Harris fue un verdadero hito para el boxeo nacional. El norteamericano venía invicto en el profesionalismo y adonde había arribado luego de ser campeón olímpico y campeón mundial amateur. Un boxeador de alta técnica y pega, alto de brazos largos y para peor zurdo. Pero aquella anoche paso algo extraño en el andar del boxeo. El que mejor lo definió fue Ulises Barrera, por primera vez un diestro complicaba a un zurdo. El mendocino con ese manejo extraordinario que tenía de sus piernas le giro toda la noche a Harris hacia la derecha no permitiéndole desarrollar su estratégia. Yo siempre aconsejo a los boxeadores amigos que antes de enfrentar a un zurdo vean el video en You tube de esa memorable pela en el Luna Park.

En la tercera defensa del titulo y cuarta pelea como campeón perdió el 30 de junio de 1979 ante el italiano Vito Antuofermo, en Montecarlo, por decisión ajustada del jurado. Esa fue una noche amarga, llena de impotencia. Otra vez me tocó acompañarlo. Hugo no estaba motivado, no era el momento para la pelea. Sin luces, sin brillo, sin fuego sagrado, ese que nunca deben perder los campeones, le dejó el título a Antuofermo, como un regalo.

Su récord fue de 50 triunfos (27 nocauts), 7 derrotas y 2 empates, y entre sus rivales tuvo a Norberto Cabrera (ganó y perdió por puntos), Rodolfo Rosales (le ganó dos veces en las tarjetas), Bob Paterson. Hugo Saavedra fue el primero que le ganó. Después Hugo debutó en el Luna Park y se tomó revancha ganándole a Saavedra. Tuvieron una tercera pelea en Córdoba, el 5 de marzo de 1976, que termina cuando Saavedra fue descalificado en la décima vuelta por morderlo al mendocino.

Era un boxeador completo. Tenía una defensa invulnerable, una traslación y rotación de piernas que lo hacían inalcanzable. Pero, además, pegaba, tenía un directo y un jab de izquierda perfectos, que complementaba con la derecha con muchísima pimienta. En verdad fue un púgil exquisito, inteligente, fino, un tiempista con una estampa elegante y con un estilo prolijo y ortodoxo. Después de 50 batallas en el ring no tenía ninguna marca en el rostro.

Lamentablemente en la vida no supo o no pudo vencer otras luchas, que lo llevaron con 53 años a la muerte. No encontró manera de superar el dolor de la pérdida trágica de su hijo Adolfo, que lo quebró para siempre. Adolfo fue atacado a tiros el domingo 18 de noviembre del 2001, a las cuatro de la tarde al salir de un quiosco de la manzana uno del barrio San Martín de la ciudad de Mendoza y murió a los dos días en el hospital Central.

El cansado Hugo, ya enfermo, no quería tratamiento alguno; corajudo como era, no permitió que se lo ayudara a través de la ciencia médica. Y la muerte lo embocó como no pudieron hacerlo sus rivales. Hoy descansa en paz, y quienes lo hemos querido de verdad lo respetamos como nunca, porque fue un gran campeón, pero fundamentalmente un gran y noble amigo.

Texto extraído del Libro Crónicas de Guantes, de Roberto Suárez

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